
Esta batalla protagonizada por los dos pesos completos del priísmo no es la simple disputa del poder por el poder.
Enrique Peña Nieto y Manlio Fabio Beltrones se encuentran enfrascados, lo que a estas alturas para nadie con un dedo de sentido político es una novedad, en la madre de todas las batallas rumbo a la selección del próximo abanderado priísta a las elecciones del 2012.
Esta disputa, al margen de la popularidad mediática del primero y el incuestionable talento político del sonorense, dista mucho de ser una batalla simulada, el “fuego amigo” está en su máximo apogeo. En el acontecer diario, las declaraciones de un lado y otro, confirman que esta lid rebasa y va mucho más allá de la sola pelea por el máximo trofeo: Los Pinos.
Esta batalla protagonizada por los dos pesos completos del priísmo no es la simple disputa del poder por el poder. Hablando en plata, nadie pone en duda que el PRI ya tiene candidato y este responde al nombre de Enrique Peña Nieto, así como tampoco, ni los más acérrimos de sus detractrores dudan que sin la unción del exgobernador mexiquense se desvanecerían una gran parte de las posibilidades del triunfal regreso del PRI a la casa presidencial.
La verdadera disputa parece una pelea entre el viejo y el nuevo PRI; entre los mexiquenses que apuestan a regresar al poder presidencial, pero utilizando los mismos instrumentos de navegación y el mismo barco del siglo pasado, y los sonorenses que proponen, no sólo reconstruir la nave, sino modernizar los instrumentos de navegación.
Está claro que el objetivo, en ambos casos, es alcanzar el anhelado puerto del poder presidencial. Sin embargo, están lejos de llegar a un acuerdo para saber si se embarcan en la desvencijada nave que naufragó en el año 2000, con Francisco Labastida Ochoa como timonel, o se atreven a remodelar o reconstruir una nueva embarcación, a prueba de naufragios.
Lo curioso es que el joven priista que encabeza todas las encuestas, el fenómeno mediático llamado Enrique Peña Nieto, resulta ser el más convencido de utilizar al viejo barco de las glorias pasadas del PRI, en tanto que el experimentado senador Manlio Fabio Beltrones advierte todos los días, en todos los tonos, recio y quedito, sobre los riesgos de utilizar los viejos instrumentos del PRI, para los nuevos tiempos del PRI.
Por eso la pregunta obliga. ¿En el fondo, qué disputan Peña Nieto yBeltrones? ¿Cuáles son las señales de esa disputa? ¿Y cuál es la postura de cada uno en torno al fondo de la diferencia? Vamos por partes.
Hace poco más de un año, el senador Beltrones propuso una ambiciosa reforma electoral centrada en la ampliación de los canales ciudadanos de participación en la vida política mexicana. Entre muchos otros elementos novedosos, la iniciativa proponía la reelección de alcaldes y legisladores. La idea —en ese rubro— era arrebatarle a los partidos el monopolio de las candidaturas a puestos de elección popular.
El Senado aprobó la iniciativa por unanimidad, pero cuando ésta pasó a la Cámara de Diputados, la bancada del PRI la detuvo, le dio largas y, al final, se discutió en comisiones. Sin embargo, entre otros elementos fundamentales, los diputados del PRI dejaron fuera el tema de la reelección. ¿Por qué? Todos saben que Enrique Peña Nieto tiene el control de la mayoría del PRI, pero en días recientes no fue necesario aventurar sobre su poder en San Lázaro. El propio ex mandatario mexiquense dijo que él no estaba convencido de la reelección. Y punto.
Pero esa no es la única diferencia. En los previos a la selección del candidato presidencial del PRI, el senador Beltrones propuso, desde hace meses, primero elaborar un proyecto de nación, saber para qué quiere el PRI regresar al poder, proponer ese proyecto a los mexicanos y, luego, elegir al candidato presidencial. La respuesta de Peña Nieto vino contundente en su último Informe de Gobierno. El proyecto de nación todos lo conocen, y se llama Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Y punto.
Tampoco fue todo. Beltrones propuso llevar a la Constitución los “gobiernos de coalición”. ¿Y eso qué es?
Un arreglo institucional para garantizar que el partido mayoritario haga gobierno con otros partidos y con ello garantizar la eficacia del gobierno. La respuesta de Peña Nietofue contundente. Eso se arregla con la “cláusula de gobernabilidad”. Una vieja fórmula —autoritaria y nada democrática— usada por el PRI en el pasado —y por el PRD hasta hace semanas en la Asamblea Legislativa— según la cual el partido que tenga una mayoría determinada en el Congreso, recibe tantos diputados como sean necesarios, para tener mayoría absoluta.
Las diferencias entre Peña y Beltrones pueden seguir hasta el infinito, pero lo cierto es que si los pesos completos del PRI no son capaces de encontrar un punto de conciliación, corren el riesgo de naufragar de nuevo, como en el año 2000.
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